1
Nos engañaron hermano, la vida no es color de rosa y el olor mágico, inagotable del ron, no existe. La felicidad nos puso los cuernos. Tenemos a un lado todos esos sueños de la adolescencia primera y por otro el mundo real. Esa chispa, esa cara frente a esa cara, esa insoportable sensación de caca en las orejas. Tú querías ser todo al mismo tiempo mientras yo me contentaba con ser cantante, actor, escritor y muy en el fondo futbolista. Teníamos fe (digo teníamos, verbo en pasado) de que la vida era un juego, una obra de azar, una pista, un charco. Nosotros, compadre, sobre ese charco, sobre esa pista, sobre ese azar, sobre ese juego, los incendiarios. Todo quedaba así, firme, la suerte estaba echada, un apretón de manos y la vida se abría frente a nosotros como el mar a Moisés.
2
Empecé a leer para sentirme útil. Ahora, ocho años después, tengo el vicio de la lectura y sigo siendo inútil.
3
Hace poco escuché un reportaje radiofónico que decía “cada 7 segundos alguien muere en el mundo a raíz del tabaquismo”, entonces, a primera instancia, me angustié, pensé “¿a qué mala hora comencé a fumar, no?” y después, aun más perplejo, me dije “que pena, seré un anónimo más (aunque guapo) que morirá definitivamente dentro de la estadística”.
4
Tal vez sea cierto aquello de que cuando uno escribe las cosas que le suceden, de las maneras más confusas, queden claras, compactas y hasta deliberadamente despejadas mediante el nexo o canal que va de lo oral a lo escrito. Así, de este modo, es como una persona se vale de ciertos hechos o acontecimientos para evitar pensar o superponer, el pasado con el presente, con la finalidad –altoparlante- de esquivar todo tipo de situación que pueda, en cierta forma, desmejorarlo. Buscar una supuesta cura para contrarrestar una enfermedad. Y si la enfermedad es un poco complicada, la cura, tiene que ser de una calidad fortísima. Hasta que de un momento a otro esa enfermedad no logra ser más que una sonrisa seguida con la frase “que tontería”. Y nuevamente, como salido de un espejo, la persona se siente totalmente nueva, reciclada y perfecta.
5
Aproximadamente un año atrás –enero del 2007- verano que ocasionó más de un grito de desesperación porque en Lima se sentía un calor sofocante, ardiente, que incendiaba casi literalmente los cuerpos humanos y cada vez más los ciudadanos despertaban con mal humor -o como diría mi compadre Gonzalo “aputamadrados”- con la cara pegada a la almohada y el sudor que se confundía instantáneamente con la baba que surgía de las bocas dormidas. Así pues, y sin exagerar en lo absoluto, las personas tendían a los insultos como los futbolistas al trago, es decir, todo el tiempo se escuchaba un mar de agresiones verbales y lo más resaltante de toda esta vulgaridad podía ser claramente justificada. No quiero sentenciar que el calor determina la histeria colectiva, sin embargo, cómo puede ser tan molesto, hijo mío, salir a la calle y en menos de un dos por tres el culo empieza a humedecerse, la caída de pequeñas gotas desde las axilas y lo que es peor aún, en todo este charco corporal, tener que ponerse pantalón y camisa, cruzar Lima en combi y trabajar en una oficina donde una señorita no te deja encender el ventilador por una idea hipocondríaca de un eventual ataque de asma.
6
Creo que ha llegado el momento de explicar una obsesión mía –bastante atípica- que me ha metido en un sin fin de problemas. Me refiero indiscutiblemente al orden. Soy una persona –ya saben, no animal, no planta- que vive más que paranoico con el orden de las cosas. Vivo aterrado, desesperado, sobrecogido cada vez que hay algo fuera de lugar. Por eso, cada vez que entro en mi habitación y ese algo fuera de lugar está presente me trastorno. Puede generar hasta un cambio abrupto en mi estado de ánimo. Desde la desesperación estridente hasta el llanto solapado y gay.
7
No soy una persona apasionada y por más que lo intente, una y otra vez, me quedo así, mirando, extasiado, como los demás –en alguna situación común- lloran a borbotones, gritan un gol, cantan el himno nacional o putean al presidente. Si hay una feria de tomates y todos, por costumbre, van vestidos con polo rojo, yo sería el único idiota que va con polo azul. Así es como soy, no puedo sentir cierta unidad, identificación, que me apegue con algo. En pocas palabras soy individualista. Pero no porque lo desee, sino, más bien, porque está adherido a mí. Es decir, en términos prácticos, que dentro del paquete cerebral que se me entregó, con todo lo malo y con todo lo bueno, la pasión, o mejor dicho, la sensación apasionada respecto a algo me fue torpemente negada. Lo siento como algo ajeno, por eso es que un concierto me es tan desagradable como caminar por Abancay o ir al estadio me acongoja tanto como ir a una manifestación política (siempre y cuando no haya repartición de golpes, eso me agrada, me hace simular una guerra) pero a rasgos generales, soy un tipo que prefiere las cosas simples, sin identidad, por eso pienso que el desapego te da una libertad incomparable. Sin embargo, eso no quiere decir, que no me guste mezclarme con las personas. Claro que sí, pero doy ejemplos: en un bar, en una discoteca, en un café, en una reunión casera, en la calle o en la playa. Pues son lugares que, como se sabe, la gente transita, no hay sentimiento que predomine.
8
Siempre me gustó el cuchillo, desde muy pequeño tenía uno en el bolsillo o en el cierre más chico de la mochila, no importaba que fuese un cortaúñas o un cuchillo suizo. Lo importante era, ojo, que tener ese objeto conmigo me brindaba cierta seguridad y más aún, me sentía imponente, fuerte y amenazador. Un Marlon Brando de 5 años con navaja y furioso. Por supuesto que jamás lo usé abierto (río) en alguna ocasión recuerdo haberlo usado como manopla, es decir, cerrado en la palma de la mano en forma de puño por defensa propia. Pero a rasgos generales, en la actualidad, me gusta mucho tenerlos a manera de colección. Sin embargo, he aquí la duda, no tengo más de tres y cuando tengo dinero compro cualquier cosa menos un cuchillo. Y un jovi, por antonomasia, es algo que se realiza con frecuencia. Entonces, como adivinarán, el jovi de coleccionar cuchillos no es el mío.
9
Muchas veces que recuerdo mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud me hallo en bicicleta por diversos lugares. Visto que mi única movilidad, fuera de los micros y de mis propias piernas, fue mi bicicleta y hará más de tres o cuatro años que por ir a mucha velocidad y frenar a la fuerza, por la Bolívar, casi me estrello contra una cuatro por cuatro sin decencia, hija de su madre, que se venía sin reparo alguno para hacerme añicos. Así que, la felicidad interminable de manejar bicicleta y sentir el aire que choca con mi cara se terminó. Maldita cuatro por cuatro. Se rompieron los frenos y hasta hoy, no he podido arreglarla, no sé si por falta de dinero o por olvido (también conocido como desidia) se me ha pasado el tiempo. Sin embargo sé que en algún momento de mi vida voy a ir al bicicletero para que arregle los daños de mi Goliat montañera del alma mía. Espero, pues, que para ese momento sigan existiendo los bicicleteros.
10
Yo soy un caminante. Esta vez creo haber acertado. Es mi jovi, pues, el hecho de ir y venir, ida y vuelta, por calles que conozco y reconozco muy bien me fascina. Pensar ¿éste quisco no era de color azul? o ¿éste poste no estaba al finalizar la calle? me entretiene. Pues bien, considero caminar, la acción de mover los pies, un jovi. Visto que leer, escuchar música, ver películas, fumar, tomar café y hacer el amor es más una necesidad que un simple gusto. Por eso me autoproclamo caminante y más aún, por fin, encontré un jovi. Mi jovi.
11
Ayer vi a la muerte y era hermosa. Tenía los ojos negros y enormes, la boca rojo tamarindo y el pelo, ¡qué pelo! entre azul y negro, ceniza. Vale decir, que dentro de todo ese ir tambaleándose por la vida –o por la muerte- más que espanto provocaba éxtasis, amor, esperanza. Siempre imaginé que la muerte sería como el cáncer, con un olor chamuscado entre carne quemada y flatulencias estomacales, con un dolor insoportable golpeándote la espalda como un látigo enfurecido. Soy un maldito hijo de puta. Es más, reconozco que nunca me había detenido por ahí a pensar ¿cómo será la muerte?, ¿vendrá en vestido rojo fuego?, ¿o será tal cual como en las películas con ese manto negro y esa hoz plateada? Es extraño, del rato que la vi al que dejé de verla no lograba despistar de mi mente aquella idea rancia entre la ficción y la verdad. Me golpeaba con insistencia la cabeza con la desesperación de un sordo perturbado, ¿la habré escuchado? Luego, como un rayo alcanzándome los talones, me doy cuenta que no sólo la escuché, sino que la vi. Tenía los ojos negros y enormes, la boca rojo tamarindo y el pelo, ¡qué pelo! entre azul y negro, ceniza.
12
Ella bailaba sola cuando me vio. Estaba apoyado a un muro y traía la ropa de invierno -más chalina, claro- y se me empezó a acercar con movimiento inquieto, estaba ebria, y me cogió la mano derecha para guiarme al centro de la pista, eran las tres en punto y todo el bar estaba dormido o en retirada. Yo recién llegaba. La cogí por la cintura y nos empezamos a deslizar suavemente, a movernos, como si dentro de ese antro sin espejos y con el ron como sinónimo de viento, de aire, de olor, cubriera como pecera a personas poco afables. Rock fuerte, piso mojado y meado, borrachos indecisos entre las sillas y la barra, sobre los muebles, sobre el parqué, sobre el ruido. Ella bailaba conmigo y me besaba, tenía los ojos verdes apuntando al techo y las manos dando giros como danza andina, yo le dije “imaginemos que es un bolero” y la cogí por la cintura, la guié hasta cierto punto, tropezamos, caímos al suelo y no nos dimos cuenta.
13
Nunca he logrado seducir a una chica con éxito. Es así, que cada vez que lo intenté –a fuerza de rajarme el lomo, partirme la espalda, sudar la gota gorda, romper el piso, saltar como un loco, hacer piruetas, llamar la atención, bailar- no obtenía los resultados que anhelaba. Sentía –o siento- que nunca podré seducir a una chica con el arte denominado galantería que permite a un hombre acostarse con una mujer sin decir la palabra teta. Es toda una proeza.
14
Estoy cansado. A veces pienso que el amor es un juego de niños. Hay que mover cada pieza luego de interpretarla detenidamente y saber, a ciencia cierta, por qué voy a desplazar esa ficha a esa casilla en blanco. ¿Quién tira los dados ahora? Es posible que tenga que perder turno, que tenga que ocultar, esta vez, la ficha debajo del brazo. Soy totalmente vulnerable y en vez de jugar prefiero preguntarte, bajo la luz del globo lunar, ¿por qué no bailamos un bolero?
15
Siempre existe un antes y un después, tú eres ese después, que a manera de luz mínima, escasa, pequeñita –valdría decir, por ejemplo, un fósforo encendido- que a pesar de ser, entre todas las luces, la más breve, la más nimia, la más insignificante, eres, en este preciso momento un portavoz, exacto, una especie de portavoz – puente que une ese pasado travieso, rodeado de música de fondo y rodillas de mujer, que por una razón que busco comprender no sé identifica con el que ahora, casi dormido casi despierto, sostiene el retrato. Y basta con decir las cosas con más propiedad, el que posa en esa fotografía, en esa cartulina plastificada, no soy yo en lo absoluto, y no vayan a pensar, desde luego, que no soy yo por la sensata razón de que una imagen tuya jamás llega a ser, en el fondo de las cosas, el mismo que viste y descalza (tengo los pies calatos) porque, como es sabido, la imagen sólo es un trozo de cartón que presenta algo o a alguien en un lugar y en una circunstancia determinada. Pero no es a eso a lo que me refiero, es más que bien, al sujeto que está en la foto, al que rodeado de árboles frente al río Huallaga, en ropa de baño, sonríe frente a la cámara y flash. Tiene el pelo al ras, corto, porque siempre pensó “es mejor prevenir que lamentar” y no vaya a ser que en alguna pelea, el pelo largo, sea una ventaja para el adversario. Luego, siempre portaba dos collares de piedras de colores. El morado reflejaba lo bueno, de manera tajante, que vendrá con el futuro, y el anaranjado, el más viejo y gastado, significa lo malo, que por motivos de vicios recuerda entre neblina e imágenes parduscas. Tiene los ojos marrones y grandes, la boca hinchada que huele a alcohol, la nariz aguileña (perfecta), un cuerpo fuerte y resistente, la mano izquierda llena de pulseras de mujer, trofeos de momentos furtivos que iba aglomerando hasta bordear el codo, así, cualquier otro individuo que advirtiera su muñeca, podría pensar sin apresurarse “pobre cabro”. Los tiempos cambian y los recuerdos quedan ahí, para que de vez en cuando podamos visitarlos, recrearlos, volver a disfrutar esas situaciones que ahora son quimeras detrás de los hombros. Cargas de felicidad, angustia y desesperación que sustentan nuestro futuro de sonrisas lejanas como los grillos en los jardines (cuando aún escuchábamos los sonidos del pasto, echados, inmóviles, sin hacer nada más que reír y encender uno que otro porro). Tomando la vida por la boca y por la luna. Teniendo urgencias tan primitivas como orinar al costado de un árbol o comer sin tenedor. Exactamente un vagabundo.
Lima, 12 de octubre del 2008
*PÁRRAFOS PARA ARMAR es la suma de algunos párrafos –como el título lo indica- que he escrito durante mucho tiempo con la intensión de convertirlos algún día en relatos o crónicas. Pero, en el camino, se me ha perdido el hilo conductor de las historias y por lo tanto, la trama que debía narrar a continuación de estos párrafos ya no existe. Así que, por una u otra razón, se me ocurrió presentar aquellos párrafos –que son de mi agrado- bajo esta estructura. Cualquier parecido con Prosas Apátridas es pura coincidencia.
Nos engañaron hermano, la vida no es color de rosa y el olor mágico, inagotable del ron, no existe. La felicidad nos puso los cuernos. Tenemos a un lado todos esos sueños de la adolescencia primera y por otro el mundo real. Esa chispa, esa cara frente a esa cara, esa insoportable sensación de caca en las orejas. Tú querías ser todo al mismo tiempo mientras yo me contentaba con ser cantante, actor, escritor y muy en el fondo futbolista. Teníamos fe (digo teníamos, verbo en pasado) de que la vida era un juego, una obra de azar, una pista, un charco. Nosotros, compadre, sobre ese charco, sobre esa pista, sobre ese azar, sobre ese juego, los incendiarios. Todo quedaba así, firme, la suerte estaba echada, un apretón de manos y la vida se abría frente a nosotros como el mar a Moisés.
2
Empecé a leer para sentirme útil. Ahora, ocho años después, tengo el vicio de la lectura y sigo siendo inútil.
3
Hace poco escuché un reportaje radiofónico que decía “cada 7 segundos alguien muere en el mundo a raíz del tabaquismo”, entonces, a primera instancia, me angustié, pensé “¿a qué mala hora comencé a fumar, no?” y después, aun más perplejo, me dije “que pena, seré un anónimo más (aunque guapo) que morirá definitivamente dentro de la estadística”.
4
Tal vez sea cierto aquello de que cuando uno escribe las cosas que le suceden, de las maneras más confusas, queden claras, compactas y hasta deliberadamente despejadas mediante el nexo o canal que va de lo oral a lo escrito. Así, de este modo, es como una persona se vale de ciertos hechos o acontecimientos para evitar pensar o superponer, el pasado con el presente, con la finalidad –altoparlante- de esquivar todo tipo de situación que pueda, en cierta forma, desmejorarlo. Buscar una supuesta cura para contrarrestar una enfermedad. Y si la enfermedad es un poco complicada, la cura, tiene que ser de una calidad fortísima. Hasta que de un momento a otro esa enfermedad no logra ser más que una sonrisa seguida con la frase “que tontería”. Y nuevamente, como salido de un espejo, la persona se siente totalmente nueva, reciclada y perfecta.
5
Aproximadamente un año atrás –enero del 2007- verano que ocasionó más de un grito de desesperación porque en Lima se sentía un calor sofocante, ardiente, que incendiaba casi literalmente los cuerpos humanos y cada vez más los ciudadanos despertaban con mal humor -o como diría mi compadre Gonzalo “aputamadrados”- con la cara pegada a la almohada y el sudor que se confundía instantáneamente con la baba que surgía de las bocas dormidas. Así pues, y sin exagerar en lo absoluto, las personas tendían a los insultos como los futbolistas al trago, es decir, todo el tiempo se escuchaba un mar de agresiones verbales y lo más resaltante de toda esta vulgaridad podía ser claramente justificada. No quiero sentenciar que el calor determina la histeria colectiva, sin embargo, cómo puede ser tan molesto, hijo mío, salir a la calle y en menos de un dos por tres el culo empieza a humedecerse, la caída de pequeñas gotas desde las axilas y lo que es peor aún, en todo este charco corporal, tener que ponerse pantalón y camisa, cruzar Lima en combi y trabajar en una oficina donde una señorita no te deja encender el ventilador por una idea hipocondríaca de un eventual ataque de asma.
6
Creo que ha llegado el momento de explicar una obsesión mía –bastante atípica- que me ha metido en un sin fin de problemas. Me refiero indiscutiblemente al orden. Soy una persona –ya saben, no animal, no planta- que vive más que paranoico con el orden de las cosas. Vivo aterrado, desesperado, sobrecogido cada vez que hay algo fuera de lugar. Por eso, cada vez que entro en mi habitación y ese algo fuera de lugar está presente me trastorno. Puede generar hasta un cambio abrupto en mi estado de ánimo. Desde la desesperación estridente hasta el llanto solapado y gay.
7
No soy una persona apasionada y por más que lo intente, una y otra vez, me quedo así, mirando, extasiado, como los demás –en alguna situación común- lloran a borbotones, gritan un gol, cantan el himno nacional o putean al presidente. Si hay una feria de tomates y todos, por costumbre, van vestidos con polo rojo, yo sería el único idiota que va con polo azul. Así es como soy, no puedo sentir cierta unidad, identificación, que me apegue con algo. En pocas palabras soy individualista. Pero no porque lo desee, sino, más bien, porque está adherido a mí. Es decir, en términos prácticos, que dentro del paquete cerebral que se me entregó, con todo lo malo y con todo lo bueno, la pasión, o mejor dicho, la sensación apasionada respecto a algo me fue torpemente negada. Lo siento como algo ajeno, por eso es que un concierto me es tan desagradable como caminar por Abancay o ir al estadio me acongoja tanto como ir a una manifestación política (siempre y cuando no haya repartición de golpes, eso me agrada, me hace simular una guerra) pero a rasgos generales, soy un tipo que prefiere las cosas simples, sin identidad, por eso pienso que el desapego te da una libertad incomparable. Sin embargo, eso no quiere decir, que no me guste mezclarme con las personas. Claro que sí, pero doy ejemplos: en un bar, en una discoteca, en un café, en una reunión casera, en la calle o en la playa. Pues son lugares que, como se sabe, la gente transita, no hay sentimiento que predomine.
8
Siempre me gustó el cuchillo, desde muy pequeño tenía uno en el bolsillo o en el cierre más chico de la mochila, no importaba que fuese un cortaúñas o un cuchillo suizo. Lo importante era, ojo, que tener ese objeto conmigo me brindaba cierta seguridad y más aún, me sentía imponente, fuerte y amenazador. Un Marlon Brando de 5 años con navaja y furioso. Por supuesto que jamás lo usé abierto (río) en alguna ocasión recuerdo haberlo usado como manopla, es decir, cerrado en la palma de la mano en forma de puño por defensa propia. Pero a rasgos generales, en la actualidad, me gusta mucho tenerlos a manera de colección. Sin embargo, he aquí la duda, no tengo más de tres y cuando tengo dinero compro cualquier cosa menos un cuchillo. Y un jovi, por antonomasia, es algo que se realiza con frecuencia. Entonces, como adivinarán, el jovi de coleccionar cuchillos no es el mío.
9
Muchas veces que recuerdo mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud me hallo en bicicleta por diversos lugares. Visto que mi única movilidad, fuera de los micros y de mis propias piernas, fue mi bicicleta y hará más de tres o cuatro años que por ir a mucha velocidad y frenar a la fuerza, por la Bolívar, casi me estrello contra una cuatro por cuatro sin decencia, hija de su madre, que se venía sin reparo alguno para hacerme añicos. Así que, la felicidad interminable de manejar bicicleta y sentir el aire que choca con mi cara se terminó. Maldita cuatro por cuatro. Se rompieron los frenos y hasta hoy, no he podido arreglarla, no sé si por falta de dinero o por olvido (también conocido como desidia) se me ha pasado el tiempo. Sin embargo sé que en algún momento de mi vida voy a ir al bicicletero para que arregle los daños de mi Goliat montañera del alma mía. Espero, pues, que para ese momento sigan existiendo los bicicleteros.
10
Yo soy un caminante. Esta vez creo haber acertado. Es mi jovi, pues, el hecho de ir y venir, ida y vuelta, por calles que conozco y reconozco muy bien me fascina. Pensar ¿éste quisco no era de color azul? o ¿éste poste no estaba al finalizar la calle? me entretiene. Pues bien, considero caminar, la acción de mover los pies, un jovi. Visto que leer, escuchar música, ver películas, fumar, tomar café y hacer el amor es más una necesidad que un simple gusto. Por eso me autoproclamo caminante y más aún, por fin, encontré un jovi. Mi jovi.
11
Ayer vi a la muerte y era hermosa. Tenía los ojos negros y enormes, la boca rojo tamarindo y el pelo, ¡qué pelo! entre azul y negro, ceniza. Vale decir, que dentro de todo ese ir tambaleándose por la vida –o por la muerte- más que espanto provocaba éxtasis, amor, esperanza. Siempre imaginé que la muerte sería como el cáncer, con un olor chamuscado entre carne quemada y flatulencias estomacales, con un dolor insoportable golpeándote la espalda como un látigo enfurecido. Soy un maldito hijo de puta. Es más, reconozco que nunca me había detenido por ahí a pensar ¿cómo será la muerte?, ¿vendrá en vestido rojo fuego?, ¿o será tal cual como en las películas con ese manto negro y esa hoz plateada? Es extraño, del rato que la vi al que dejé de verla no lograba despistar de mi mente aquella idea rancia entre la ficción y la verdad. Me golpeaba con insistencia la cabeza con la desesperación de un sordo perturbado, ¿la habré escuchado? Luego, como un rayo alcanzándome los talones, me doy cuenta que no sólo la escuché, sino que la vi. Tenía los ojos negros y enormes, la boca rojo tamarindo y el pelo, ¡qué pelo! entre azul y negro, ceniza.
12
Ella bailaba sola cuando me vio. Estaba apoyado a un muro y traía la ropa de invierno -más chalina, claro- y se me empezó a acercar con movimiento inquieto, estaba ebria, y me cogió la mano derecha para guiarme al centro de la pista, eran las tres en punto y todo el bar estaba dormido o en retirada. Yo recién llegaba. La cogí por la cintura y nos empezamos a deslizar suavemente, a movernos, como si dentro de ese antro sin espejos y con el ron como sinónimo de viento, de aire, de olor, cubriera como pecera a personas poco afables. Rock fuerte, piso mojado y meado, borrachos indecisos entre las sillas y la barra, sobre los muebles, sobre el parqué, sobre el ruido. Ella bailaba conmigo y me besaba, tenía los ojos verdes apuntando al techo y las manos dando giros como danza andina, yo le dije “imaginemos que es un bolero” y la cogí por la cintura, la guié hasta cierto punto, tropezamos, caímos al suelo y no nos dimos cuenta.
13
Nunca he logrado seducir a una chica con éxito. Es así, que cada vez que lo intenté –a fuerza de rajarme el lomo, partirme la espalda, sudar la gota gorda, romper el piso, saltar como un loco, hacer piruetas, llamar la atención, bailar- no obtenía los resultados que anhelaba. Sentía –o siento- que nunca podré seducir a una chica con el arte denominado galantería que permite a un hombre acostarse con una mujer sin decir la palabra teta. Es toda una proeza.
14
Estoy cansado. A veces pienso que el amor es un juego de niños. Hay que mover cada pieza luego de interpretarla detenidamente y saber, a ciencia cierta, por qué voy a desplazar esa ficha a esa casilla en blanco. ¿Quién tira los dados ahora? Es posible que tenga que perder turno, que tenga que ocultar, esta vez, la ficha debajo del brazo. Soy totalmente vulnerable y en vez de jugar prefiero preguntarte, bajo la luz del globo lunar, ¿por qué no bailamos un bolero?
15
Siempre existe un antes y un después, tú eres ese después, que a manera de luz mínima, escasa, pequeñita –valdría decir, por ejemplo, un fósforo encendido- que a pesar de ser, entre todas las luces, la más breve, la más nimia, la más insignificante, eres, en este preciso momento un portavoz, exacto, una especie de portavoz – puente que une ese pasado travieso, rodeado de música de fondo y rodillas de mujer, que por una razón que busco comprender no sé identifica con el que ahora, casi dormido casi despierto, sostiene el retrato. Y basta con decir las cosas con más propiedad, el que posa en esa fotografía, en esa cartulina plastificada, no soy yo en lo absoluto, y no vayan a pensar, desde luego, que no soy yo por la sensata razón de que una imagen tuya jamás llega a ser, en el fondo de las cosas, el mismo que viste y descalza (tengo los pies calatos) porque, como es sabido, la imagen sólo es un trozo de cartón que presenta algo o a alguien en un lugar y en una circunstancia determinada. Pero no es a eso a lo que me refiero, es más que bien, al sujeto que está en la foto, al que rodeado de árboles frente al río Huallaga, en ropa de baño, sonríe frente a la cámara y flash. Tiene el pelo al ras, corto, porque siempre pensó “es mejor prevenir que lamentar” y no vaya a ser que en alguna pelea, el pelo largo, sea una ventaja para el adversario. Luego, siempre portaba dos collares de piedras de colores. El morado reflejaba lo bueno, de manera tajante, que vendrá con el futuro, y el anaranjado, el más viejo y gastado, significa lo malo, que por motivos de vicios recuerda entre neblina e imágenes parduscas. Tiene los ojos marrones y grandes, la boca hinchada que huele a alcohol, la nariz aguileña (perfecta), un cuerpo fuerte y resistente, la mano izquierda llena de pulseras de mujer, trofeos de momentos furtivos que iba aglomerando hasta bordear el codo, así, cualquier otro individuo que advirtiera su muñeca, podría pensar sin apresurarse “pobre cabro”. Los tiempos cambian y los recuerdos quedan ahí, para que de vez en cuando podamos visitarlos, recrearlos, volver a disfrutar esas situaciones que ahora son quimeras detrás de los hombros. Cargas de felicidad, angustia y desesperación que sustentan nuestro futuro de sonrisas lejanas como los grillos en los jardines (cuando aún escuchábamos los sonidos del pasto, echados, inmóviles, sin hacer nada más que reír y encender uno que otro porro). Tomando la vida por la boca y por la luna. Teniendo urgencias tan primitivas como orinar al costado de un árbol o comer sin tenedor. Exactamente un vagabundo.
Lima, 12 de octubre del 2008
*PÁRRAFOS PARA ARMAR es la suma de algunos párrafos –como el título lo indica- que he escrito durante mucho tiempo con la intensión de convertirlos algún día en relatos o crónicas. Pero, en el camino, se me ha perdido el hilo conductor de las historias y por lo tanto, la trama que debía narrar a continuación de estos párrafos ya no existe. Así que, por una u otra razón, se me ocurrió presentar aquellos párrafos –que son de mi agrado- bajo esta estructura. Cualquier parecido con Prosas Apátridas es pura coincidencia.


6 comentarios:
es bueno saber q esas cosas,un relato una historia y de paso un tips.
Definitivamente no pensé que leería todo el post, pero lo hice. Me trajiste a la mente maleducados recuerdos; digo maleducados porque no deberían dejarse ver más jajaj
Buen blog mi estimado!
Creo que las noches nos hicieron presas de algún argumento. Me gusta la idea de aquellos inclompletos textos COMPLETOS, son realmente inicio y fín, le falta el centro y eso me gusta, empezar terminar y nunca explicar, facil por eso escribo poesía y tu narrativa.
Martín, realmente mis respetos... Has nacido con la pluma en la mano! Lo mejor de todo es que logras que quien te lea pueda ver exactamente quien eres y todos los sentimientos y sensaciones que tienes por las cosas simples y complejas. No te miento si te digo que convertiré el leer tu blog en una de las actividades fijas de los domingos.
Felicitaciones!
Jazmin
Holaa...por fin encontre tu blog!!no me pgtes como..jaja en serio que chevre..me gusto el parrafo 14!! =)
Ya estas en mis favoritos..asi no tengo que volver a buscarte jaja!
cuidate..un beso!!
Claudia(de la facu..ahora si t acordaras quien soy no? ) la del hi5 tipo nubeluz jaja.
Hi Martín
Así se llamaba mi adorado maestro de Redacción periodística cuando estudiaba Comunicación Social en la U.
Siempre te llevo unos años y soy de la generación de los menudo y Michael jackson, palmas para tí.
Minucioso, limpio, descriptivo. Retratas, Captas todo y nos trasportas a tú realidad.
Pasaré a visitarte seguido.
Me gustan tus párrafos más que tus entrevistas.
www.lacuevadelpoeta.blogspot.com
Publicar un comentario en la entrada