31 de diciembre de 2009

LOS CAMINOS DE LA LIBERTAD

Ahora, con mis veinticinco años contados, he logrado destetarme de todas mis antiguas admiraciones ciegas y he conseguido, sin darme cuenta, desapasionarme de todos los escritores que inquietaron mi primera juventud. Ya no siento ningún vínculo extraordinario por nadie. Puedo simpatizar, eso sí, con algunos. Pero la ceguera que acompaña siempre a las grandes pasiones, adjudicándote un pensamiento ajeno, ya no regirá mis propósitos venideros. Virgen otra vez. Sin embargo, cuando leí la monumental trilogía de Jean Paul Sartre a mediados de mi carrera pude sentir como el remolino de los pasos universitarios se intercalaba con los tres subtítulos de la obra. Es una autobiografía confidencial sobre los hechos, las emociones y los giros que viví durante los 6 años y una península de mi camino hacia la libertad. Dar una ojeada al pasado es siempre un paso firme sobre el cuadrilátero.

La edad de la razón

Tenía diecinueve años y leía tanto como bebía. Pensaba que el mundo estaba al alcance de mi mano y tanto él como yo podíamos cambiar radicalmente para bien. Era un izquierdista apasionado e irreverente. Había estudiado en un colegio que, de alguna u otra manera, te enseñaba que los únicos pensamientos positivos y altruistas que podíamos encontrar en el hemisferio pertenecían a la fosa común denominada izquierda. La revolución cubana latía tan fuerte en mi corazón como si yo mismo la hubiera engendrado. Me compré un póster del Che y lo tenía colgado, devotamente, al costado de mi biblioteca personal. Dejé de creer en Dios gracias a los libros filosóficos que nunca entendí. Sin embargo, me sentía el chico más inteligente del mundo porque iba en contracorriente.

Por los caminos de la literatura, iba viento en popa. Desde el último año escolar empecé –por aburrimiento- con el vicio más sano del mundo, la lectura. Al comienzo pensé estudiar historia, luego giré hacia la psicología y finalmente me planté, sin que me diera cuenta, en ciencias de la comunicación (periodismo). El test escolar no se equivocó. Tiempo después (un año) me decidí, postulé e ingrese en el puesto 365. Después de la borrachera atípica del cachimbo (y típica para mí) me corté el pelo y con la razón en el bolsillo ingresé a las aulas universitarias.

El aplazamiento

I


Cumplí veintiún años y dejé de tomar a gran escala. Conocí el amor y leía tanto como besaba. Mis sentimientos hacia el periodismo se fueron desvaneciendo por motivos extraños. No sabía si el tiempo alargado y silencioso me estaba aprisionando o era la realidad que me golpeaba en la cara. Empecé a demorarme en los estudios y a aplazar el sentimiento aquel hacia mi carrera universitaria.

Yo pensaba que el periodista era algo así como un bombero. Un salvavidas social. Que velaba por los males de este mundo (tercero). Sin embargo, mientras pasaba el tiempo me iba dando cuenta de que el periodismo actual no es ese ir por las calles buscando la información para luego, por algún canal (sea escrito, radial o televisivo), comunicarlo a la comunidad. Sino, más bien, una suerte de profesional sedentario. Un tipo detrás de una computadora escribiendo en Word por los siglos de los siglos lo que encontraba en las agencias de noticias. El periodista ya no era ese tipo preguntón y flaco y fumador como Jorge Salazar sino, al contrario, un gordinflón sentado frente a un monitor leyendo los hechos ocurridos en Irak.

La tecnología es una silla con barriga. Aunque existe el periodismo callejero es menor, cada vez más escaso, en el mercado. Entonces, mi preocupación principal consistía en este detalle. ¿Será posible encontrar un nicho en el mercado?

II

El amor duró lo que duran los amores. Me dejó y yo me embarqué en un estado de pasividad insospechada. Obviamente me emborraché y lloré durante dos semanas. Pero la sabiduría de otra mujer me hizo continuar el camino. La pasividad se transformó en una espera latente. ¿Cuándo iba a terminar la universidad? ¿Cuándo iría Perú al mundial? Aprendí a esperar y coloqué mis quimeras en el viejo baúl de los sentimientos contradictorios, la idea de ser un periodista de película se desvaneció por la de ser un simple –y común- egresado. Ya no quería ser inmortal como en los primeros tiempos universitarios. Ya no me interesaba ser la estrella ni el enemigo público número uno. Quería terminar los estudios. Aprendí a esperar sin impacientarme. La vida continúa y los sueños se apagan. Aquí fue donde me di cuenta de que no existen líderes a los que hay que seguir. Regalé el póster del Che y la izquierda, ese cuento destinado al fracaso, se mandó a mudar a otra parte. Dejé de creer en Dios porque no lo encuentro en la realidad. Yo no sigo a nadie, pensaba mientras fumaba por corredores y pasillos, sólo a las chicas en minifalda.

La muerte en el alma

Tenía veintitrés años y ya no quería saber más de la universidad. Empecé a divisar con alegría la puerta de salida. Un escape que desde tiempos antiguos ansiaba, apesadumbrado, y que ahora por primera vez me sentía un poco afuera y un poco adentro. El último año de la carrera fue tranquilo. Aprendí a serenarme y a tener la mira fija hacia el último día. La vitalidad me regresó con el ir del viento tanto como las quimeras. Forjé un pensamiento político propio. Me declaré universalmente de derecha y dejé rápidamente todos mis trastornos anteriores. Como dijo Winston Churchill, “La democracia es el peor sistema político que existe, con excepción de todos los otros sistemas.” En cuanto a los libros, seguí leyendo. No sólo literatura sino, también, libros periodísticos sobre hechos concretos. Terrorismo e historias de crímenes. Siempre me ha llamado la atención hasta qué punto puede llegar la violencia en los hombres.

El final estaba cerca. Los últimos días dormí mal pero con la felicidad apretando por dentro. Algunos compañeros de facultad me preguntaban, entre muchas otras cosas, si iba a extrañar la universidad. Les decía que no y ellos, insistentes, porfiaban mi postura y se inclinaban a sobreponer lo que yo pensaría después. Un día la extrañarás. Sabía que no, lo sabía bien. Hace nueve años que terminé el colegio y desde entonces hasta hoy no he sentido la más mínima nostalgia. Claro que recuerdo muchas cosas con alegría y otras con espanto (siempre fui un chico inquieto). Pero extrañar con llantos y mocos no, eso nunca. Ahora, después de tantas muertes y resurrecciones en mi alma, he decidido vivir mirando el futuro. Domar mi libertad y mi fuerza. Estar fuerte en el cuadrilátero de la vida.

Lima, 18 de enero del 2010

20 de diciembre de 2009

MIS APARICIONES EN YOUTUBE



Todo el mundo aparece en Youtube y yo no soy la excepción. CONTRA QUIMERA presenta a su héroe en pantalla monitor. El Video que verán (o ya vieron) consiste en un programa diseñado para internet con el objetivo -fuera de su brevedad y su planteamiento light- de promover movimientos culturales y/o de interés general para un público juvenil. En esta ocasión, ya que es el piloto, se determinó el tema base con la semana universitaria Sanmartiniana. Es decir, le seguirían otros más. Sin embargo, el mismo que viste y calza abandonó el curso “Taller de Periodismo Multimedia” y jaló por Walk over al final del ciclo.

Nota adicional: Los errores verbales cometidos por el conductor del programa breve son, en su mayoría, nerviosismo puro y falta de experiencia. El tiempo se encargará de mejorar arduamente este conflicto externo. El trabajo se realizó el 2007.



El famoso mortal de Martín Tin Tin estremeció a las jovencitas universitarias. Se desarrolló a inicios del 2008 para el curso “Géneros y Formatos en Radio”, mientras se llevaba a cabo un proyecto especial con niños de bajos recursos. (Véase PRIMORDIALES, La radio y los niños). En dicha grabación, el grabado no había advertido la existencia de una cámara celular. Así que, luego de tremendo acto de agilidad corporal, el susodicho se ruborizó y salió inmediatamente de la escena. Sin embargo, nadie divisó rasgo alguno de bochorno.

Lima, 20 de diciembre del 2009

13 de diciembre de 2009

MATEO Y LOS TELÉFONOS

Entendía que Mateo estaba enfermo, atraído por las supersticiones y fantasías, tanto así que mi deducción clínica (o debo decir, mi consejo profesional) indicaba un cuadro agudo de metamorfosis simulada. Voces ilusorias y no hechos concretos. Esta fue, siempre con dudas e incertidumbres, la rápida impresión que albergué cuando visitó por primera vez mi consultorio. Sin embargo, me pesaría no mencionar, los progresos que advertía en él. Ponía atención a todas mis indicaciones y se tomaba la molestia de responder mis preguntas con objetividad. Mateo fue primero un paciente más, es decir, asistía a las consultas y participaba en los grupos preparados por las enfermeras. Pero, no obstante, me atormentaba la idea de no encontrar el origen del problema. No conseguir, después de un sinnúmero de exámenes psiquiátricos y observaciones detallosas, a qué se debían los hechos que Mateo relataba con precisión y fuera de toda realidad posible. Los exámenes no detectaron ningún inconveniente nervioso o trastorno mental. Pasaron algunas semanas cuando por fin, más por casualidad que por ego profesional, encontré una pista que revelaría mis interrogantes.

Estaba en casa, mi mujer había preparado un lonche perfecto por mi cumpleaños: café americano, tostadas, huevo revuelto con tomate y cebolla. Lo digo con entusiasmo, porque ella no suele cocinar, en fin, la historia no es sobre mi esposa, ¿no? Después de la cena y el abrazo correspondiente a mis cincuenta y picos abriles me senté en el escritorio, cerca de los cráneos que me regaló el tío Hugo el 82 y cogí el libro de Marcelo Segarra. Los secretos del papel bronceado. Arturo descubrió que Matilde era una espía. Acto seguido, llamó a su comando e informó sobre el asunto. La mujer murió entre golpes, vómitos y electricidad. La descripción apocalíptica de Segarra siempre me ha fascinado. Entonces, cuando terminé el capítulo XVI, giré los ojos hacia la mesa comedor y tuve una idea chocante: Mateo dice la verdad.

Al día siguiente llegué impaciente al hospital. Le pedí a Meche, la enfermera, que me alcance los archivos sobre Mateo. Me serví un café de la máquina y me instalé en el consultorio. Revisé cada palabra, cada oración, de las entrevistas realizadas tanto al principio de su hospitalización como las efectuadas durante los últimos días. Elaboré una lista de las conversaciones que me había contado y conseguí determinar un patrón. Un modus operandi de las conversaciones. Mateo había dicho, al comienzo, que todo le pareció sumamente escabroso. Él quería telefonear a una amiga contándole que había asistido a una entrevista laboral cuando escuchó primero unas frases cortadas y después, yendo varias veces a ese teléfono público, advirtió un posible complot contra la democracia. Escuchó atento como hablaban, a través de su auricular, unos hombres en contra del gobierno reciente. Sobre un posible asesinato y cosas mayores que creí fantasías de un demente. Sin embargo, caí en un estado de alteración y apunté en la libreta la dirección exacta donde se hallaba el teléfono.

Salí. Di breves indicaciones de la rutina del día y pedí que a mi vuelta (entre las 11 y 12 de la mañana) tengan listo a Mateo porque quería conversar con él. Tomé el colectivo hasta la avenida Constitución y entre las cuadras 2 y 3 advertí el teléfono. Cogí el auricular y metí una moneda para efectuar la llamada. Mateo había descrito que las voces se percibían si uno estaba, al mismo tiempo, comunicándose con alguien. Hablé con mi esposa y le dije que llevara a los niños a la casa de los abuelos. Colgué. No escuché nada y un calor, parecido a la estupidez, empezó a abrigarme por dentro. Volví a llamar. Esta vez a un colega de la clínica “San Jerónimo” y ¿cuál sería mi sorpresa? Escuché, desde muy lejos, otras voces que se entrelazaban con la mía. Sin perder la concentración seguí hablando con mi colega y prestando atención a lo que decían las voces. Mateo dijo la verdad. Luego, para mi sorpresa, escuché una frase del libro de Segarra que estaba leyendo. Una frase emblemática. Me despedí de mi colega y regresé al hospital. Di de alta a Mateo. Él se sorprendió, yo me sorprendí. Era tiempo de prevenir a las autoridades.

Lima, 10 de noviembre del 2009

7 de diciembre de 2009

LAS CUARENTA



Una canción para mi velorio. Diciembre es el mes de las fiestas navideñas, del loco y atolondrado año nuevo y, por supuesto, de las injusticias más vívidas. Mientras muchos disfrutan de la suerte (o del dinero) otros más, que son la mayoría, andan por las calles como gatos sin dueño soñando, deseando, tener algo. Un pan, un pavo, un puré de manzana, un vino o un rincón donde puedan vivir. Tremenda paradoja, el mes que nació Jesús, es el mes más injusto del año.

Diciembre no me gusta. Las calles asediadas por nacimientos y luces multicolores hacen de Lima una ciudad enchufada. Es el tótem del consumismo. Desde noviembre empieza la onda expansiva de la navidad. Siempre me ha parecido curioso, sumamente curioso, cómo la navidad que dura dos días puede tener un preámbulo de dos meses. Es todo un tema de investigación (y marketing).

Las cuarenta resalta, entre otras cosas, la injusticia típica de la vida. La posibilidad de querer luchar contra la infamia pero siempre, algo como la mano negra, te jala y te quita el impulso para mejorar las cosas. Tuyas y alrededores. Siempre existe ese monumento a lo imposible y creo en ello. Lo único que queda, claro está, es continuar la idea “puede mejorar”. No soy pesimista, soy realista. Veamos el mundo, aunque sea por un momento, fuera de nuestras sensaciones, ¿qué vemos?

Las cuarenta es la canción de mi velorio. La pienso escuchar aunque no me la pongan. La tararearé desde adentro, sin que nadie me oiga. La escuché primero el 2004 y desde entonces la llevo como un himno personal (y filosófico). La vida es como una canción. ¡Bienvenidos al mes de la nieve y de Papá Noel!

Lima, 7 de diciembre del 2009