La edad de la razón
Tenía diecinueve años y leía tanto como bebía. Pensaba que el mundo estaba al alcance de mi mano y tanto él como yo podíamos cambiar radicalmente para bien. Era un izquierdista apasionado e irreverente. Había estudiado en un colegio que, de alguna u otra manera, te enseñaba que los únicos pensamientos positivos y altruistas que podíamos encontrar en el hemisferio pertenecían a la fosa común denominada izquierda. La revolución cubana latía tan fuerte en mi corazón como si yo mismo la hubiera engendrado. Me compré un póster del Che y lo tenía colgado, devotamente, al costado de mi biblioteca personal. Dejé de creer en Dios gracias a los libros filosóficos que nunca entendí. Sin embargo, me sentía el chico más inteligente del mundo porque iba en contracorriente.
Por los caminos de la literatura, iba viento en popa. Desde el último año escolar empecé –por aburrimiento- con el vicio más sano del mundo, la lectura. Al comienzo pensé estudiar historia, luego giré hacia la psicología y finalmente me planté, sin que me diera cuenta, en ciencias de la comunicación (periodismo). El test escolar no se equivocó. Tiempo después (un año) me decidí, postulé e ingrese en el puesto 365. Después de la borrachera atípica del cachimbo (y típica para mí) me corté el pelo y con la razón en el bolsillo ingresé a las aulas universitarias.
El aplazamiento
I
Cumplí veintiún años y dejé de tomar a gran escala. Conocí el amor y leía tanto como besaba. Mis sentimientos hacia el periodismo se fueron desvaneciendo por motivos extraños. No sabía si el tiempo alargado y silencioso me estaba aprisionando o era la realidad que me golpeaba en la cara. Empecé a demorarme en los estudios y a aplazar el sentimiento aquel hacia mi carrera universitaria.
Yo pensaba que el periodista era algo así como un bombero. Un salvavidas social. Que velaba por los males de este mundo (tercero). Sin embargo, mientras pasaba el tiempo me iba dando cuenta de que el periodismo actual no es ese ir por las calles buscando la información para luego, por algún canal (sea escrito, radial o televisivo), comunicarlo a la comunidad. Sino, más bien, una suerte de profesional sedentario. Un tipo detrás de una computadora escribiendo en Word por los siglos de los siglos lo que encontraba en las agencias de noticias. El periodista ya no era ese tipo preguntón y flaco y fumador como Jorge Salazar sino, al contrario, un gordinflón sentado frente a un monitor leyendo los hechos ocurridos en Irak.
La tecnología es una silla con barriga. Aunque existe el periodismo callejero es menor, cada vez más escaso, en el mercado. Entonces, mi preocupación principal consistía en este detalle. ¿Será posible encontrar un nicho en el mercado?
II
El amor duró lo que duran los amores. Me dejó y yo me embarqué en un estado de pasividad insospechada. Obviamente me emborraché y lloré durante dos semanas. Pero la sabiduría de otra mujer me hizo continuar el camino. La pasividad se transformó en una espera latente. ¿Cuándo iba a terminar la universidad? ¿Cuándo iría Perú al mundial? Aprendí a esperar y coloqué mis quimeras en el viejo baúl de los sentimientos contradictorios, la idea de ser un periodista de película se desvaneció por la de ser un simple –y común- egresado. Ya no quería ser inmortal como en los primeros tiempos universitarios. Ya no me interesaba ser la estrella ni el enemigo público número uno. Quería terminar los estudios. Aprendí a esperar sin impacientarme. La vida continúa y los sueños se apagan. Aquí fue donde me di cuenta de que no existen líderes a los que hay que seguir. Regalé el póster del Che y la izquierda, ese cuento destinado al fracaso, se mandó a mudar a otra parte. Dejé de creer en Dios porque no lo encuentro en la realidad. Yo no sigo a nadie, pensaba mientras fumaba por corredores y pasillos, sólo a las chicas en minifalda.
La muerte en el alma
Tenía veintitrés años y ya no quería saber más de la universidad. Empecé a divisar con alegría la puerta de salida. Un escape que desde tiempos antiguos ansiaba, apesadumbrado, y que ahora por primera vez me sentía un poco afuera y un poco adentro. El último año de la carrera fue tranquilo. Aprendí a serenarme y a tener la mira fija hacia el último día. La vitalidad me regresó con el ir del viento tanto como las quimeras. Forjé un pensamiento político propio. Me declaré universalmente de derecha y dejé rápidamente todos mis trastornos anteriores. Como dijo Winston Churchill, “La democracia es el peor sistema político que existe, con excepción de todos los otros sistemas.” En cuanto a los libros, seguí leyendo. No sólo literatura sino, también, libros periodísticos sobre hechos concretos. Terrorismo e historias de crímenes. Siempre me ha llamado la atención hasta qué punto puede llegar la violencia en los hombres.
El final estaba cerca. Los últimos días dormí mal pero con la felicidad apretando por dentro. Algunos compañeros de facultad me preguntaban, entre muchas otras cosas, si iba a extrañar la universidad. Les decía que no y ellos, insistentes, porfiaban mi postura y se inclinaban a sobreponer lo que yo pensaría después. Un día la extrañarás. Sabía que no, lo sabía bien. Hace nueve años que terminé el colegio y desde entonces hasta hoy no he sentido la más mínima nostalgia. Claro que recuerdo muchas cosas con alegría y otras con espanto (siempre fui un chico inquieto). Pero extrañar con llantos y mocos no, eso nunca. Ahora, después de tantas muertes y resurrecciones en mi alma, he decidido vivir mirando el futuro. Domar mi libertad y mi fuerza. Estar fuerte en el cuadrilátero de la vida.
Lima, 18 de enero del 2010

